EL DUELO POR UNO MISMO

domingo, 4 de mayo de 2025



Wanderer above the Sea of Fogs by Caspar D. Friedrich



Quiero vivir en este arte:
Contemplar este cuerpo desnudo
de benevolencia
bajo la huérfana luz de
esta noche de ensueños
que aletean
en un tiempo lejano
que es hoy.
 
Quise vivir en este arte,
en la fugacidad de la obra….
El precio fue alto.
In memoriam.

—San




Después de cierta edad, nos enfrentamos a un proceso íntimo y silencioso: el duelo por uno mismo. Se trata de la nostalgia que nace al recordar las versiones de nosotros que no fueron, esas que solo habitaron en el terreno de la posibilidad, los sueños que se quedaron esperando y los caminos que se fueron desdibujando con el tiempo.

Es en ese momento, cuando cobra mayor fuerza la conciencia de nuestra finitud. Reconocemos que el tiempo es un recurso limitado, y con ello comprendemos que no todo es posible. Nuestras decisiones construyeron un rumbo y, en cada elección, estuvo implícita una renuncia.

Madurar, entonces, es habitarse en la renuncia consciente de aquella cultura que exalta la visibilidad y la comparación constante con otros, esa que empuja al sinsentido de quedar fijados a una pantalla, mirando la vida como una deuda pendiente. Es atravesar lo perdido —lo irremediablemente perdido — con la dignidad de quién se sabe partícipe de su realidad , para aceptar lo que no fue sin quedar atado a ello y reconocerse hoy, desprendidos ya de aquella versión omnipotente de nosotros mismos.

De allí que este duelo traiga consigo una invitación reveladora: vivir una vida que ya no busca serlo todo, sino una que permite habitar con profundidad lo que somos. Ya no se trata de perseguir ideales para sostenerle la ilusión al otro; se trata, más bien, de abrazar nuestros deseos comunes, esos que nos permiten disfrutar de lo posible, sin el peso de lo extraordinario.

Es este gesto de autenticidad el que posibilita la experiencia plena de una vida que se proyecta hacia adelante, más allá de las expectativas. Una vida que nos permite recuperar nuestros deseos de antaño y transformarlos, para volver a reconectar con nuestro mundo construido. Ser el deseo que resuena con lo propio, que no se justifica, que se afirma en su singularidad y no teme a la potencia de su voz.

Porque, al fin y al cabo, ¿qué es la vida sino un constante renacer de lo perdido?


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