CUANDO HABLAR CUESTA

domingo, 18 de abril de 2021

 


Persona (1966), Ingmar Bergman


“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.” ~ Ludwig Wittgenstein



La palabra posibilita la creación de la realidad, no solo es un reflejo de lo habitamos sino la herramienta que nos permite descubrir nuestra propia realidad, inventarla, recrearla. En este sentido, la palabra nos lleva a constituirnos como seres de deseo. Hablar no sólo representa la transmisión de un contenido, sino una forma de tomar parte, de implicarnos, de ser eso que somos. Básicamente, es una manera de afirmar que se está vivo. La palabra plena es un acto que conlleva a la libertad de revelarnos a nosotros mismos. De allí, que no sea un asunto menor. Más bien, una conquista. 


Dar cuerpo con nuestra voz a eso que deseamos es reconocer nuestra propia individualidad. Al tiempo que, descubrimos la variedad de realidades que habitan en el mundo humano. De allí, que, en esa relación con otros, el conflicto siempre sea inevitable y hablar, muchas veces, se convierta en un desafío. Sobre todo, cuando se reside dentro de aquella fantasía neurótica, que supone que, podemos ser como somos, hablar o vivir (en el sentido pleno de la palabra) sin herir al otro. Una posición que tiene como efecto, el aislamiento y la anulación de la propia subjetivad debido a que se queda adherido al otro, a quién no se logra ver como semejante sino como un igual. Por lo que, se busca, forzosamente, responder de la misma manera como este lo haría. 


Por ello, en muchos casos, hablar se vuelve una encrucijada. ¿Debería decir esto? ¿Será mejor callar para no molestar/ incomodar al otro?  A lo que sería necesario plantearnos siempre, que tanto de nosotros mismos decidimos esconder para complacer a otro, ¿Para rehuir de la diferencia? o ¿Qué tanto nos acomodamos en esa posición servil que equilibra al otro? Sin duda, hablar no es una mera acción, requiere un compromiso y la responsabilidad de elegir el costo que queremos pagar por lo que se dice o lo que se deja de decir. 


El verdadero dialogo implica  reconocer la libertad que poseen las conciencias individuales, ser receptivos a lo que es distinto, permitir que los otros nos confronten. Significa, también,  aceptar que podemos decir algo que al otro no le guste y viceversa.  Es cierto de que esto podría ser conflictivo, pero también representa la posibilidad de enriquecer nuestros vínculos, en la búsqueda de la comprensión propia y ajena. Lo contrario sucedería al silenciar nuestra propia voz pensando en un supuesto bienestar del otro. En este caso, podríamos decir que el conflicto se exacerba, porque ante lo que no se dice impera el puro acto. Es decir, al callar eso que podría resultar incómodo para alguien, no le ahorramos nada. Terminamos cobrándolo de otra manera. Así pues, puede que hablar muchas veces cueste. Pero lo que cuesta, vale.


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