NADIE PUEDE SER FELIZ

miércoles, 4 de enero de 2023

 

La Danza ( 1909)
Henri Matisse


“Casi anónima sonríes y el sol dora tú cabello. ¿Por qué, para ser feliz, es preciso no saberlo?”. Pessoa



Estamos todo el tiempo creyendo que podemos ser felices, en esa búsqueda constante que las sociedades vuelven imperativo. Así, habitamos en la religión de la felicidad, esa que profesa el dominio omnipotente de  poseer la imperturbabilidad de la existencia, bajo la receta de llenar esta carencia que somos. Vivimos obnubilados en la ilusión de alcanzar ese estado pleno y terminamos cayendo en la dualidad que implica todo ideal, en este caso, la frustración de no poder versus la utopía de creer que se puede acceder. Lo que es aún peor, estamos convencidos que merecemos la felicidad (no sólo que es una posibilidad) porque “nacimos para ser felices” o, simplemente, porque se hacen méritos. Eres feliz, entonces, en la medida que se siguen las  fórmulas prefijadas por el discurso imperante de la época. 


Nadie puede ser feliz, es la provocación para esa concepción hegemónica de la felicidad que abandona a los excluidos al campo de la medicación. Una concepción que se parece más a un producto sacado de la sección de carnes frías de un supermercado, empacado en el vacío, consumido en masa hasta el punto de la indigestión.  Un producto que se vende al mejor postor y que somete a los crédulos al oficio infructuoso de llenar agujeros que no se llenan, para aspirar a la ideal completud. 


¿Por qué seguimos persiguiendo ideales? Afanados por vivir en una cultura del bienestar que niega lo más humano de nuestra condición, el dolor. El imperativo de la felicidad convierte al dolor en signo de sospecha, algo que no hay que mostrar y que se debe combatir a la mayor brevedad. No es conveniente la tristeza dentro de sistemas productivos en donde lo que importa es el rendimiento, por eso se elimina (o eso se intenta). Lo que sí está claro, es que cada vez más nos encontramos frente al hecho de que no hay cabida para el dolor, no se escucha, mucho menos se resiste. Quedamos entonces hipersensibles al dolor por el miedo que nos produce el mismo y, de esta manera, estamos atrapados en la paradoja de estar sintiendo de más por menos. Porque aunque se quiere negar al dolor,  este no desaparece. Cómo ocurre con todo aquello de lo que huimos, termina persiguiéndonos, y, en este caso, amplificándose, resonando a mil voces. Recordando al filósofo Byung- Chul Han, al final lo que duele, es justamente, el persistente sinsentido de la vida misma. 


Lejos de todo ideal, la felicidad es  entonces aquello que habita en la memoria y que sólo es posible reconocer en retrospectiva. Es ese instante que acontece y que luego se va, es en este momento cuando recordamos que fuimos felices. No se trata de un placer perpetuo (que sería insoportable) ni  de un sueño en donde se colman todos los deseos. De ahí la necesidad de deconstruir este concepto y cuestionar aquellas ideas prefabricadas que cosifican  nuestra existencia y a la vida misma. Quizás la felicidad tenga que ver un poco con eso, con el poder salir de lo hegemónico, del ser humano predeterminado a la complacencia, para llegar a ser más reales a eso que nos define. O quizás no. La felicidad la vamos anudando cada uno a distintos significados, la tarea es construir el propio. Mientras tanto, la invitación es a abandonar la obsesión con la felicidad para vivir vidas más humanas que permitan espontaneas  pero auténticas experiencias felices.


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